Nada hay más necesario

El episodio es algo sorprendente. Los discípulos que acompañan a Jesús han desaparecido de la escena.
Lázaro,
el hermano de Marta y María, está ausente. En la casa de la pequeña
aldea de Betania, Jesús se encuentra a solas con dos mujeres que adoptan
ante su llegada dos actitudes diferentes.
Marta, que sin duda es la hermana mayor, acoge a
Jesús como ama de casa, y se pone totalmente a su servicio. Es natural.
Según la mentalidad de la época, la dedicación a las faenas del hogar
era tarea exclusiva de la mujer. María, por el
contrario, la hermana más joven, se sienta a los pies de Jesús para
escuchar su palabra. Su actitud es sorprendente pues está ocupando el
lugar propio de un “discípulo” que solo correspondía a los varones.
En un momento determinado, Marta, absorbida por el trabajo y
desbordada por el cansancio, se siente abandonada por su hermana e
incomprendida por Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya
dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. ¿Por
qué no manda a su hermana que se dedique a las tareas propias de toda
mujer y deje de ocupar el lugar reservado a los discípulos varones?