¿Dónde estamos nosotros?

Unos desconocidos le comunican a
Jesús
la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto
sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más
les horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con
la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.
No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se
solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo
pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si
no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su
propio templo?
Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en
Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un
torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de
ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más
pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma
advertencia:
«si no os convertís, todos pereceréis».