Tres llamadas de Jesús
El evangelio de Mateo ha recogido tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en algunos sectores de nuestras comunidades cristianas.
"Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré".
Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su
religión como una carga pesada. No son pocos los cristianos que viven
agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente han
sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la
alegría del perdón continuo de Dios. Si se encuentran con Jesús se sentirán aliviados.
Hay también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si se encuentran con Jesús aprenderán a vivir confiando en un Dios Padre. Descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús no por obligación, sino por atracción.
"Cargad con mi yugo, porque es llevadero, y mi carga, ligera".
La intimidad de Dios
Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes?
Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del
P. Varillon: "Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería
probablemente ateo [...] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo
no comprendo ya absolutamente nada".
La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios
como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda,
es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la
conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de
un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.
Dios no es un ser "omnipotente y sempiterno" cualquiera.
Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador
arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad.
¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es
omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente
poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra
independencia.
Vivir a Dios desde dentro
Hace algunos años, el gran teólogo alemán Karl Rahner
se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la
Iglesia de nuestros tiempos era su «mediocridad espiritual». Estas eran
sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es «seguir tirando con
una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales
de una mediocridad espiritual».
El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De
poco han servido los intentos de reforzar las instituciones,
salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por lo «exterior». Todo nos invita a
vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin
apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios
para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando qué es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta hoy una dimensión esencial: la interioridad.
Abrir el horizonte
Ocupados
solo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por
pequeñas aspiraciones y esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el
horizonte de nuestra existencia perdiendo el anhelo de eternidad. ¿Es un progreso? ¿Es un error?
Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en
el que vivimos desde hace unos años. Por una parte está creciendo en la
comunidad humana la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos
contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso.
Por otra está creciendo al mismo tiempo el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro.
Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los
pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el planeta,
que no es fácil mantener la fe en el ser humano.
Es cierto que el desarrollo de la ciencia y la tecnología están logrando resolver muchos males y sufrimientos.
En el futuro se lograrán, sin duda, éxitos todavía más espectaculares.
Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en el ser
humano para desarrollar un bienestar físico, psíquico y social.

Nada le pudo detener
La
ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida
en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la
incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.
Pero Jesús no fue un suicida. Tampoco buscaba el martirio. Nunca
quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a
combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la
desesperanza. Vivió entregado a «buscar el reino de Dios y su justicia»: ese mundo más digno y dichoso para todos que busca su Padre.
Si Jesús acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese
proyecto de Dios, que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso
no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas; tampoco modifica su mensaje ni se desdice de sus afirmaciones en defensa de los últimos.
Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con
callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el
palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.
Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y
acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió
anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en
las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del
templo. Nada lo detuvo.
A gusto con Dios
La
escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al
manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un
pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad,
Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio,
sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».
La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida?
Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el
don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me
pedirías a mí, y yo te daría agua viva».
Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido
alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo
en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.

Escuchar a Jesús
El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús»,
lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que
se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de
Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.
La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo».
Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con
Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo
Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro
«resplandeciente como el sol».